La imagen es, como decía el principito, apenas una vieja corteza, que en el caso mío, como de todos los humanos, se pone un poco más vieja cada día, pero uno tiene siempre a mano un consuelo, o un poema para evadirse, que en este momento es una excusa...
Creo que ese día yo estaba enamorado...
Creo que extrañaba mucho el sol y me moría de invierno y de soledad...
Creo que una musiquita cristalina sonaba en los recovecos de mi cerebro...
Creo que una nostalgia de playas me asaltaba a mansalva...
Si todas estas excusas no fueran suficientes... pido perdón por el poema...
Excusa
Era la plaza un enorme cosquilleo de sol
Que crepitaba entre la hierba y las baldosas
Como una burla hacia el invierno...
Era la fuente un fabuloso castillo
De columnas movedizas que se enredaban
Y se destejían como hebras de diamantes...
Era el silencio desterrado bajo los jacarandáes
La premonición de un canto
Destinado a celebrar tus pasos
En veredas distantes,
La incógnita de las palabras que estaría
Dibujando tu boca en algún lugar
De la ciudad mientras mis ojos
Te necesitaban...
Era el poema una armonía pequeñita
Como los gorriones en lo alto
Y era el misterio de tu voz ausente
Las más perfecta de todas las excusas
Para encerrar entre palabras tu recuerdo.
Dudas
No sé si fue la melodía de tu voz
O si fue sencillamente la ginebra,
Si fueron los violines de Vivaldi en la penumbra
O tu blusa transparente y entreabierta.
No sé si mis latidos como truenos
presagiaban, irremediable, la tormenta,
O si finalmente tus encajes diminutos
También cedieron ante la ginebra.
Lo cierto es que el paisaje posterior
Era una desolada conjunción de arena
Con un sabor de pétalos ajados
Y un agrio vaho pastoso de ginebra.
Hasta hoy todavía me pregunto
Si en esa magia de tu risa plena,
En el temblor de luna de tus senos
O en el crujir azucarado de tus entretelas,
Si en tu mirada misteriosa y empañada
O en la danza enredada de tus piernas,
O en las palabras que sé que no dijiste
Hubo culpas que son de la ginebra.
Santiago.
En estos tiempos en que el celular es la más perentoria de las urgencias cotidianas, a veces me asalta, me toma por sorpresa, me gana, la necesidad de conversar conmigo mismo y de escucharme, para decirme que es mejor dejar las poses, que nadie está en condiciones de aceptar major que yo al yo que soy…
Entonces, sueño con un poco de silencio, ese lujo que el ruido de este lejano rinconcito del Caribe oculta tras capas enormes de gases de caños de escape, de estruendos de motores, gritos y música estridente…
Pero el paisaje juega a aquietarse por momentos, a dejar que los árboles estiren una caricia de sombra sobre la hierba de los parques, y en ese momento es como si el ensordecedor transcurso de los autos veloces, de esas cucarachas metálicas urgidas de llegar a ninguna parte, cesara por un momento para que la paz se haga y el silencio aprisione trocitos de eternidad.
Es el mejor momento de dejar las poses, me digo a mí mismo.